APRENDÍ MUCHO POR UN GOLPE

Recuerdo perfectamente la hora, el lugar y la compañía cuando recibí esa llamada. Recuerdo qué planes tenía para las próximas horas e incluso sabía cuál sería la foto de portada del periódico del día siguiente antes de empezar a trabajar. Pero todo cambió en los escasos minutos que duró esa conversación. Era 15 de agosto de 2020 y poco antes de las diez de la mañana ya tenía mi coche aparcado cerca del lugar del crimen.

Recuerdo a mi padre preguntarme dónde tenía que ir, diciéndome que fuese tranquila y dándome ánimos. Recuerdo llamar a mi madre para decirle que habían cambiado los planes y tenía que salir. No tardé ni cinco minutos en coger la cámara y montarme en el coche. Pensé muchísimas cosas durante el camino, pero en mi cabeza solo se repetía ‘trabajar con respeto, siempre’ y ‘una vez más’. Fue sin duda uno de mis viajes más largos hasta La Granja de San Ildefonso, y aunque vaya muy a menudo y en muchas condiciones, nunca me imaginé tener que estar haciendo un reportaje de esa manera.

Durante el camino no paraba de pensar qué es lo que me iba a encontrar, era tan gráfico todo lo que había ocurrido que realmente asustaba. No podía dejar de pensar que había vuelto a pasar, otra vez. A una mujer. A una compañera. Y así fue, en un escenario y contexto incluso peor de lo que imaginaba.

Fui la primera persona de medios en llegar, y tras un impecable trabajo de las fuerzas de seguridad y con mi correspondiente identificación pude empezar a trabajar.

Era 15 de agosto, no llegaban a las diez y media de la mañana y me vi en un escenario que no podía ni quería creer. Recuerdo verme allí de pie, a pocos metros y con mi equipo preparado, pero sin disparar ni una sola fotografía. Estaba sola, rodeada de gente que iba y venía preguntando, pero me veía tan ajena a la situación que no podía reaccionar. Recuerdo ayudar a cortar la carretera mientras mantenía la conversación con el teniente de la Guardia Civil que me puso los pies en la tierra. Podía ser mi hermana, podía ser su madre o nuestra amiga. Ella podría haber sido cualquiera de nosotras y había que tratarlo con el respeto que merece. Fue el instante que siguió a aquella conversación cuando me obligué a empezar a tirar fotos porque, al fin y al cabo, era noticia y había un trabajo que sacar adelante.

Me vi sola durante el tiempo suficiente como para que me pareciesen horas. Me vi frente a dos personas que intentaban darme explicaciones de por qué su amigo había tenido el valor de perseguir hasta apuñalar a la que fue su pareja. No quería ni podía creerme aquello, no hay explicación posible ni la habrá nunca ante semejante actuación. A mí no me valía aquella justificación que me estaban dando porque hay actos que deben cometerse primero contra uno mismo, y yo ya tenía a mis pies el cuerpo sin vida de ella y para eso sí que no había vuelta atrás.

Recuerdo el momento de extender aquella lona como el último acto que le devolvió la intimidad a alguien que le habían arrebatado la vida de un momento a otro. Se estaba ocultando el crimen, pero lo que realmente asustaba era todo el miedo que había previo a ese día.

Recuerdo mi cara cuando empezaron a llegar compañeros de medios de comunicación, recuerdo cada palabra que cruzamos y otras que, sin poderlas pronunciar, ya se nos habían clavado dentro. Recuerdo sostenernos unos a otros. Y recuerdo todo lo que siguió hasta bien entrado el mediodía. Las horas se hacían largas, llegaban forenses, médicos y la funeraria, pero también los amigos, compañeros y conocidos. Rotos. Impotentes. Y no me cabe duda de que todos los allí presentes teníamos el mismo pensamiento.

Era 15 de agosto y me encontré haciendo fotos a un cuerpo que, tras horas tendido, por fin podían levantar. Me vi apuntando testigos, escuchando historias de vacaciones pasadas, y frente a una amiga que, con llanto desconsolado y las manos temblando, se atrevió a clavar unas rosas en el lugar del suceso. Me vi tan dentro de aquella situación apuntando nombres, edades, fechas y todo tipo de detalles que todavía hoy me cuesta creerlo.

No negaré que tardé días en encontrarme y en poder dejar de pensar en el último grito de desesperación y rabia que despertó a un pueblo la mañana de aquel día tan marcado en el calendario. Tardé días en encontrarme, pero cerraba los ojos y escuchaba vuestro aplauso unido contra la violencia machista y, a veces, veía esperanza. Tardé en encontrarme después de ver a un hijo roto sin su madre, a miles de ojos llenos de dolor, a profesionales trabajando en aquellas condiciones y de estar involucrada en muchas cosas que no deberían haber sido así. Pero sobre todo vi un suceso muy difícil de tratar, desde todos los puntos de vista, muchas historias que salieron semanas después y, como siempre, versiones desde diferentes opiniones y maneras de pensar.

Aprendí mucho por un golpe. Me llevé grandes lecciones y por eso hoy estoy aquí, porque a las cosas hay que llamarlas por su nombre y, aunque conozco el camino que nos queda por recorrer, también sé todo lo que ya llevamos a las espaldas. Porque hay historias y emociones que merecen ser contadas, pero no queremos tener que titular nunca más con una noticia así.

Un comentario en “APRENDÍ MUCHO POR UN GOLPE

  1. Te entiendo yo estuve en el lugar del crimen tan atroz…solo me embargaba en mis pensamientos como es posible supuestamente amar a una mujer y luego de forma tan gratuita y cruel arrancarla la vida y enterrar en vida al resto de sus seres queridos…yo siempre he sido de los que pienso que si quieres a alguien y decide no seguir tu camino si realmente la amas con locura tienes que dejarla volar que sea un Alma libre,sinceramente en ese momento sentí asco y repudia por ser un Hombre no me queda más remedio que asimilar y digerir la terrible tristeza que sentí en ese momento un gran abrazo allí donde esté y a todas las personas que la querian,que seguramente eran muchas.

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